El movimiento conservador pasa al ataque

ANTONIO CAÑO para El País, España

Entusiasmado por el hallazgo de un nuevo caudillo y alentado por la percepción cierta de que la Casa Blanca está de nuevo al alcance de la mano, el movimiento conservador norteamericano vive en estado de euforia. La campaña de John McCain se ha visto, por supuesto, contagiada por ese efecto y afronta los últimos 60 días de esta carrera desde una nueva posición, más vigorosa, con menos complejos, más optimista y, al menos en este momento, tomando la iniciativa.

Como respondiendo a un toque de silbato, múltiples voces conservadoras se han dejado escuchar este fin de semana para dejar constancia de los días dulces que se vivieron en la Convención Republicana en Saint Paul (Minnesota) y auguran todavía más satisfacciones con la vista puesta en el mes de noviembre.

En el Weekly Standard, faro del pensamiento conservador, William Kristol da las gracias a todos los responsables de este renacimiento: a Barack Obama por haber elegido a un viejo y plano representante del más puro Washington, Joe Biden, en lugar de a Hillary Clinton -es curioso el odio que esta mujer despertaba hasta hace unos pocos meses entre los republicanos y la súbita admiración que le profesan desde que perdió las primarias-; a los medios de comunicación por haber destacado la historia de la maternidad de la hija de Palin y haber levantado con ello una enorme expectación popular; y a John McCain, un antiguo renegado de la causa conservadora, por haber tenido el atrevimiento de poner a Palin a su lado. Kristol se reserva el agradecimiento a Palin, dice, para dárselo personalmente en enero del año próximo en la residencia del vicepresidente, en Washington.

El comentarista Pat Buchanan, que en el pasado intentó él mismo la presidencia al frente de una plataforma de conservadurismo populista y religioso similar al de Palin, ha declarado que esta mujer será la próxima presidenta de EE UU y es ya la heroína y líder de la derecha.

Todo lo que ya se sabe sobre su absolutismo respecto al aborto, su fanatismo religioso o su intolerancia ideológica -entre otros datos, el de su intento de retirar los libros que no le gustaban de la librería de su pueblo-, quedan ahora en segundo plano. En todo el país, en pequeñas o grandes tertulias, en medios de más o menos influencia, se repiten opiniones, columnas, reportajes con los mismos argumentos: la historia de Palin es nuestra historia, es una de nosotros, es auténtica, es real, no tiene que maquillar su historial para impresionar al público. Los amigos se cruzan correos electrónicos para compartir la última proeza escuchada de la hockey mom. De repente, todo el mundo parece tener un vecino que hasta hace una semana dudaba sobre cómo votar y ahora ha visto la luz que Palin encendió en Saint Paul.

Alrededor de 40 millones de personas la vio ese día por televisión, más o menos los mismos que a McCain y a Obama, pero mucho más de lo que nunca jamás nadie ha seguido el discurso de un vicepresidente o un aspirante a ese cargo. El 50% de los encuestados por la ABC la aceptan como futura vicepresidenta. Sólo el 38% confiesa objeciones.

En resumen, algo similar a lo que los demócratas y la izquierda experimentaron hace algunos meses con la candidatura de Barack Obama. Con la diferencia -entre otras más de fondo, por supuesto- de que esta nueva experiencia la viven los republicanos a sólo dos meses de abrirse las urnas, menos aún si se tiene en cuenta que varios Estados empiezan a votar por correo a finales de este mes.

La historia electoral norteamericana, llena de estadísticas y referencias, conoce numerosos casos en los que el impulso que se gana en una convención es suficiente para llevar al candidato hasta la victoria. El impulso dado por Palin ha sido considerable. Pero hay numerosos datos de la realidad de este país que permiten poner en duda de que sea suficiente.

Ayer mismo, cuando los candidatos salieron de los decorados luminosos de Denver y Saint Paul, se encontraron con un desempleo del 6,1%, el récord desde 2003, y, por tanto, con una nación que busca soluciones a sus problemas y al líder más adecuado para encontrarlas.

McCain, que va a correr el resto de esta carrera como si George Bush no hubiera existido, intenta responder a esa ansiedad con simpatía hacia esos problemas y una promesa de cambio. “El cambio está llegando, el cambio está llegando”, repite el candidato republicano en sus mítines. “Éstos son tiempos duros, tiempos duros en Wisconsin, tiempos duros en Ohio, tiempos duros en todo el país”, dijo el sábado en el primero de esos Estados.

La campaña de Obama, por su parte, intenta recordar a los electores que McCain es el candidato del partido que gobierna desde hace ocho años, el mismo que hace unos pocos días dijo que “los fundamentos de la economía están robustos”. “¿Qué más fundamentos que tener un trabajo? ¿Qué más fundamentos que tu sueldo se mantenga?”, preguntaba ayer Obama en Indiana. “Yo no creo que McCain sea una mala persona; simplemente no está al tanto de esos problemas”, añadía.

No va a ser fácil para Obama hacer que el público identifique automáticamente la candidatura de McCain a Bush. Por su propio carácter y, sobre todo, por la inclusión de Palin, el candidato republicano consigue por ahora pasar por una candidatura alternativa.

Pero Obama tiene todavía una gran oportunidad de impedirlo. Ahora todo el país está observando, consciente de lo mucho que hay en juego. Obama sigue por delante en las encuestas y conserva muchos de los méritos que le permitieron ascender, entre ellos, frente a Palin, su prudencia y, frente a McCain, la evidencia y credibilidad de su apuesta de cambio. Hay también tiempo delante como para que se consuma la actual efervescencia conservadora y para que los debates -el primero, el próximo día 26- pongan a cada quien en su lugar.

 

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